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Exposiciones
- Jan Zöller
THE REMAINING SMELL OF THE WUNDERKERZE
“Vengo para hacer que saquen de mí la piedra filosofal.”
Antonin Artaud
Jan Zöller reúne en la Galería Ehrhardt Flórez bajo el título The Remaining Smell of the Wunderkerze (El olor restante de las bengalas) siete grandes telas y varias obras sobre papel. Como ha hecho en otras muestras recientes, Zöller presenta ahora, junto a este grupo de pinturas que conforman una línea totalmente nueva e inédita en su producción, varios elementos de mobiliario o estructuras arquitectónicas, que interrumpen el recorrido original del espacio expositivo y empujan al espectador hacia una nueva forma de contemplación.
The Remaining Smell of the Wunderkerze revive desde el título, como metáfora sugestiva, y desde lo pictórico, como representación visual, un momento específico donde lo sensorial despierta el recuerdo y la presencia de un acontecimiento concreto. Encender una bengala, compartir ese acto, y pintarlo, constituye el motivo principal de esta exposición. Las bengalas, y su representación en la pintura, ocupan, encendidas o apagadas, humeantes o centelleantes, gran parte de la superficie de las enormes telas. Son bengalas pintadas, gigantes, que a veces aparecen solas y otras aparecen cruzadas encendiéndose mutuamente. La chispa, el fuego o el destello prende una forma de celebración compartida. Y esa celebración no es solo intelectual o metafórica sino también plástica: es en el modo en el que se pinta donde reside gran parte de las indagaciones pictóricas actuales que acomete Jan Zöller.
Su pintura sigue ligada al origen de la imagen pictórica no solo como observación sino como proyección. Hay en algunas piezas algo ebrio, una singular mezcla, o cierto eclecticismo, a veces modernísimo, en tanto en cuanto refleja el espíritu de una época; y en cambio, en otros cuadros hay cierta aproximación a una idea de paisaje melancólico que, más allá de lo vibrante de otras pinturas, plantea con algo de desencanto, o incluso una forma de tragedia anti-heroica, una mirada más contemplativa. La mayoría de los cuadros, siendo muy distintos entre sí, al menos a primera vista, con distintas composiciones, distintas gamas de color y distintos desarrollos pictóricos de fondos y formas, se construyen a partir de una serie de elementos geométricos comunes que lejos de completar una escena, se erigen como pilares compositivos. Si en algunas piezas son los círculos de colores los que cumplen al mismo tiempo una función arquitectónica y ornamental, otros cuadros se estructuran a partir de la relación de cubos o cuadrados que en forma de damero o en forma de estructuras flotantes ordenan el resto de la tela. Estas nuevas obras proponen un giro algo reduccionista: los motivos que protagonizaban su pintura anterior, como por ejemplo las cabezas de pájaro con cuerpo antropomórfico, reducen sus figuras a unos contundentes picos que en forma de triángulos aparecen súbitamente en el cuadro desde los laterales; y al mismo tiempo las líneas diagonales más esquemáticas de las bengalas sustituyen los elementos de una pintura anterior de corte mucho más narrativo.
La primera sala da la bienvenida al público con una barandilla que cruza transversalmente la habitación. Se trata de una barandilla metálica, industrial, de las que encontramos en las calles para dividir zonas urbanas, proteger determinados espacios de la ciudad o como aparcamiento de bicicletas. Zöller recogió esta barandilla hace un tiempo, abandonada en la calle, y constituyó una pieza emblemática de Zentrale, un off space que gestionó durante años, junto con Rafael Jörger y Leonard Fendler-Moser, en Karlsruhe, su ciudad natal. Ahora, para esta nueva exposición en Madrid, la barandilla sirve también para aguantar un conjunto de velas que, apoyadas y encendidas sobre las barras metálicas, se van consumiendo hasta desaparecer. Junto a la barandilla encontramos una gran pintura horizontal en la que, entrecruzadas y en el instante en el que prenden, aparecen dos bengalas sobre un fondo negro, de aire nocturno, sobre el que destacan unos troncos de árbol que marcan los ejes principales del cuadro. Una obra sobre papel con otras bengalas pintadas completa esta sala. A su vez, en el espacio expositivo principal, unos asientos o bancos construidos de manera totalmente improvisada con material reutilizado, ocupan la parte central de la galería. Realizados como parte de un bricolaje de carácter “do it yourself” invitan al visitante a sentarse para contemplar, reflexionar o charlar frente a unos cuadros que parecen solicitar un tiempo de dedicación algo mayor al de un rápido vistazo. Y no porque necesiten más atención que cualquier otra pintura, sino porque se trata de cuatro obras formal y cromáticamente muy diferentes entre sí, y que, planteando lenguajes pictóricos comunes, tienen juegos muy particulares. Si unas pinturas funcionan casi como una suerte de paisajes, con extensos campos de color planos que otorgan sentido al cuadro, otras, mucho más agitadas, se enfrentan a una enorme diversidad de motivos y formas más vibrantes. Finalmente, en el despacho nos encontramos un cuadro donde una especie de pájaros humanoides, articulados o mecanizados, como mezcla de máquina y movimiento, y que, como eco de aquel “Desnudo bajando una escalera” de Marcel Duchamp (en esa visión humano-futurista tan radical que planteó el francés), caminan con sus temblorosas extremidades como arlequines animados. Otra vez las bengalas prenden una escena llena de cubos marrones en equilibrio y formas negras que interrumpen, como otros elementos de la exposición, una lectura continúa y lineal.
Cabe destacar que las estructuras arquitectónicas desplegadas en las distintas salas, que anteriormente habían sido techos, muros o huecos abiertos en las paredes y que ahora se nos presentan como asientos o muebles, tienen en la sociedad capitalista diversas connotaciones casi políticas en relación con las formas de expresión en la acción social, la hegemonía y pensamiento dominante en la configuración de estructuras urbanas y domésticas o la utilización de determinados objetos de diseño omnipresentes en el imaginario colectivo. Sin embargo, en el lenguaje de Zöller juegan un papel diametralmente opuesto: sus intervenciones en el espacio, que cambian de algún modo las miradas y los recorridos más o menos lógicos, son también manifestación y defensa de lo público, del encuentro social, de la convergencia y la participación en comunidad.
Esta nueva pintura tiene el espíritu o la visión de algo cercano a un nuevo descubrimiento o fascinación. Hay cierto clima o atmósfera febril, de fervor, que provoca una visión discontinua, que tiene lugar entre lo clarividente y la ensoñación. En general la apuesta voluntaria por la pintura y su afinidad rigurosa por ella hace de estos nuevos cuadros de Zöller ejemplos propios de una nueva estética de lo que Artaud llamó ”movimiento anímico”.